1.6.07

SANGRE FRÍA - Linda Berrón

Podríamos llamarlos de cualquier manera, pero lo cierto es que fueron dos reptiles, probablemente cocodrilos de la rama de los dinosaurios, o más seguramente caimanes, que tienen el cerebro más desarrollado de todos los de su clase.

Estos vertebrados acuáticos decidieron un día colonizar la tierra. El sol y los enormes helechos del Pérmico los vieron abordar la tierra firme hace unos trescientos millones de años. Se extrañaron de su andar ondulante, de sus rugidos atronadores en aquel mundo de silencio y sobre todo temieron su inquietante mirada.

El sol percibió con rapidez que tenían la sangre desoladoramente fría. Pero lo que no pudo descubrir desde tan lejos fue la razón que impulsó a aquellos dos reptiles a salir del agua y a enfrentarse con los duros perfiles de la realidad terrestre.

Inscrito en la secuencia precisa de su memoria genética, portaban el gozoso mensaje de la perdición: inventar en el Universo la violenta ternura del coito carnal.

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Tomado del libro "La cigarra autista", Editorial de la Universidad de Costa Rica, San José, 2002.

© 2007, Linda Berrón.

Puedes saber más de la autora [[AQUÍ]].

5 comentarios:

Songo dijo...

Sangre, calor y pasión... el roce carnal...
Una historia muy bien tejida Linda

Linda dijo...

Hola Songo
Aunque un poco tarde: Gracias!

LB

Centro Pen Guatemala dijo...

Linda linda: ¿Y qué pasó después? ¿Continuaron con la sangre fría?
Es sólo por curiosidad científica. Un beso, Chente.

Linda Berrón dijo...

Me pones en un serio compromiso Chente. ¿A quién hacer caso? A la visión científica, desoladoramente fría, que los sigue catalogando como seres sin pasión, apenas tibios después de tirarse con las fauces abiertas horas y horas al sol... O bien a la intuición que pocas veces falla y que me susurra entre las ondas imaginativas y virtuales, que una vez probado el amoroso veneno, nada vuelve a ser igual?

Linda Berrón dijo...

Me pones en un serio compromiso Chente. ¿A quién hacer caso? A la visión científica, desoladoramente fría, que los sigue catalogando como seres sin pasión, apenas tibios después de tirarse con las fauces abiertas horas y horas al sol... O bien a la intuición que pocas veces falla y que me susurra entre las ondas imaginativas y virtuales, que una vez probado el amoroso veneno, nada vuelve a ser igual?