20.7.07

DE TRONERAS Y DE AMOR - Diego Enrique Quijano

Las ondas de ruido, potentes, imbatibles, arremetieron contra la pareja en la parada de buses. Las palabras del chico se ahogaron, desaparecieron sin rastro al ser aplastadas por la pujanza escandalosa de la tronera del diablo rojo. La chica, que observaba el pasar de los carros desde su banca, ni se percató. Sólo un murmullo logró acariciar sus oídos como la mano de un niño asustado entre todo ese llanto urbano que inundaba la caseta.

El chico tenía una semana entera de rellenar su espíritu de valentía para declarársele. Si la chica supiese las noches de sufrimiento y en expectativa que pasaba el chico, quizás hubiese sentido piedad, o más bien lástima, y una sonrisa tierna se hubiera pintado en sus cachetes para esconder sus verdaderos sentimientos y no destruir la triste vida de ese joven. En vano habían sido los rechazos a invitaciones a ver tal o cual película, por gusto habían sido las veces que lo dejó plantado, esperándola, preocupado de que algo le hubiese pasado a su niña del alma, en balde habían pasado largos minutos de conversación monosilábica en el teléfono, sí, no, gracias, claro, no, chao.

Esa noche, Ricky logró vaciar su vaso de timidez y con un profundo suspiro se lanzó por el acantilado del amor.

—Vane, me gustas, quiero que seas mi novia —dijo, mientras el autobús arrollaba bulliciosamente el sereno asfalto, sin detenerse, frente a la mirada distraída de la niña.

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© 2007, Diego Enrique Quijano.
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5 comentarios:

Songo dijo...

Un relato íntimo y urbano, desgarrador pero mi estimado Diego, has sido capaz de tocar al lector, de tal modo que no quedamos indiferentes ante la Tronera que ahogó el grito amoroso, de un "amoroso" Sabinesco.

Un abrazo fraterno

Anónimo dijo...

Diego captura una escena tragicamente hermosa. Es la historia que se repite de abuso femenino hacia el macho indefenso ante la belleza, ante ese ideal de mujer que siglos de evolución nos han plantado en cada célula. Indiferencia precisa que duele, implacable, pero necesaria y sabia, implantada también por siglos de ciegas reglas de selección natural. Sociedad, tecnología urbana y circunstancias completan la escena y la ponen hermosa en la mente del lector. No se menciona, pero el olor a diesel quemado, a asfalto derretido por un día de sol y calor, el ollín que curte de negro la ropa, desagradable sudor, todos estaban presentes, haciendo más miserable al pobre enamorado, amoroso sabinesco como bien dice Songo.

::DRAGO--> bocadedrago.com

José Luis Rodríguez Pittí dijo...

Voy a hacer un comentario tras bambalinas: Zoraida Chong me había mencionado en la última feria del libro este cuento de Diego. Desconociéndo de cuál se trataba, se lo pedí y me lo envió hace ya varias semanas. Estuvo dando vueltas para ser pulicado, siempre lo mismo: no le había llegado su momento... En esta edición es donde encaja. Te felicito, Diego. Como dicen los comentaristas anteriores, una situación con la que me identifico, íntima, urbana, desgarradora.

Anónimo dijo...

Bravo Diego. Buena atmósfera, gran tensión, ritmo preciso y esos condenados Diablos rojos que embisten hasta con el amor, jajaja.

UIn abrazo,

Luigi

Diego Enrique dijo...

Gracias a songo, drago, jose luis y Luigi por sus comentarios! les cuento que esta inspirada en una historia real, no por parte del muchacho, sino de la muchacha!!

Me alegra que lo hayan gozado y otra vez gracias a JL por publicarlo